miércoles, 11 de febrero de 2026

De gigantes y enanos

Prólogo a «De La sima del secreto a Nuestros yos exfuturos. Unamuno en The Dial»

 

«Si he llegado a ver más lejos fue encaramándome a hombros de gigantes». Este seductor aforismo que cuenta como mínimo con nueve siglos de existencia fue expresado por numerosos autores de muy diferentes formas.

 

Tal como ha sido referida, la frase fue escrita por Isaac Newton en una carta que dirigió a su colega Robert Hooke, exactamente: «if I have seen futher, it is by standing on the shoulders of giants»; y tuvo tanta repercusión, que durante mucho tiempo le fue atribuida su creación, sin duda con la ayuda inestimable de sus seguidores. Podríamos considerar que con esta sentencia Newton, después de la disputa surgida entre ambos sobre el verdadero precursor de la teoría de los colores y del resultado de las órbitas planetarias, estaba reconociendo a Hooke como uno de los gigantes a cuyos hombros él había conseguido encaramarse, utilizando de esta forma el aforismo como reconocimiento a su labor y como fundamento de su modestia. Pero esta idea ha de ser rechazada, pues sabemos que Newton tildaba a Hooke de tonto y de charlatán, y no está de más recordar aquí que a veces son considerados tontos los confiados en exceso y charlatanes los que hablan, poco o mucho, cuando es más prudente guardar silencio.

 

Probablemente la aserción de Newton no fue más que una paráfrasis de la expresión utilizada por Diego de Estella, que expuso el aforismo diciendo que «un enano encaramado a hombros de un gigante puede ver más lejos que el propio gigante», y si fue después interpretada por algunos como muestra de la falsa modestia de Newton, nadie puede ahora negar que, al ser consciente de que gracias a sus geniales hallazgos se había convertido en el más grande de los gigantes de la ciencia hasta ese momento, estaba justificado que lo expusiera como signo de complacencia y con un cierto aire de humildad. Lo que sí parece cierto, como apuntó Godfrey Goodman en su momento, es que la figura sirve para elogiar tanto a los enanos, que ven mejor y más lejos, como a los gigantes, que, al prestar sus hombros, permiten que se pueda obtener tan aventajada visión, y como el que emite la aserción es el enano, la expresión nos parece haber sido proferida con un doble sentido: uno, que es un enano en comparación con su predecesor; dos, que aun siendo enano ve más lejos que él y, por tanto, se encuentra en una situación superior, reconozca o no que si los enanos ven más lejos es gracias a los gigantes.

 

Con el propósito de descubrir su origen, que como el de cualquier otro proverbio nunca estaremos seguros de haberlo encontrado, nos remontamos al siglo XII, cuando John de Salisbury evoca a su maestro diciendo que «Bernardo de Chartres decía que nosotros somos como enanos que están a hombros de gigantes, de modo que podemos ver más lejos que ellos no tanto por nuestra estatura o nuestra agudeza visual, sino porque, al estar sobre sus hombros, estamos más altos que ellos». Umberto Eco menciona un predecesor a Bernardo de Chartres ilustrándonos con que seis siglos antes la metáfora ya había sido utilizada por Prisciano, si bien fue a partir de la mención de John de Salisbury cuando empieza a ser utilizado por otros muchos autores. Además, Eco subraya la importancia que para Bernardo debíamos dar al legado de nuestros predecesores en el ámbito de la gramática, pues decía que el problema no estribaba en escribir como los antiguos, «sino aprender de ellos a escribir bien, a fin de que más tarde alguien se inspire en nosotros como nosotros nos inspiramos en ellos». Se trataría, pues, como advierte Eco, de una incitación a la «autonomía y al coraje de innovar». Por cierto, no conservamos ningún escrito de Bernardo de Chartres, todo lo que sabemos de sus escritos es a través de su discípulo.

 

Un problema que siempre ha planteado la historia de los gigantes y los enanos es que fueron los enanos los que designaron a los gigantes como tales y que, si es así, los que nominan a los gigantes se están considerando a sí mismos gigantes, pues si has elegido bien los hombros en los que encaramarte es muy probable que la próxima generación te considere a ti también como uno de ellos. Y todo esto en la consideración de que el progreso no se interrumpe, rechazando tácitamente el retroceso que todo progreso lleva implícito en algún ámbito de la vida.

 

Fue Luis Vives el que echó un jarro de agua fría a la fascinación sobre el aforismo de los enanos y los gigantes, intentando de paso poner un poco de orden en el conflicto ininterrumpido durante milenios entre padres e hijos. Y lo hizo al mostrarnos que el talento y el esfuerzo están repartidos de forma semejante entre los hombres de diferentes épocas y que, si algo nos diferencia a los que hemos llegado después de los que lo hicieron antes, es que podemos aprovecharnos del conocimiento acumulado durante siglos por el talento y el esfuerzo de los que nos precedieron. Visto de esta forma somos nosotros, ahora, los que podemos considerarnos gigantes gracias a la envergadura del conocimiento que nos hemos encontrado como llovido del cielo, que no es más que la labor silenciosa y constante de cientos de hombres que trabajaron durante siglos. Con este razonamiento podríamos considerar que el gigante es el resultado, es decir, el conocimiento, construido silenciosamente por miles de enanos. No obstante, lo que no consiguió Vives fue armonizar la disputa entre padres e hijos, cuya concordia sólo se alcanza con el transcurso del tiempo cuando ya es demasiado tarde, y ello a pesar de que ambas generaciones se encuentran tan cerca que en ocasiones terminamos  confundiéndolas, cuando ha transcurrido cierto tiempo y nos asalta la necesidad de volver la mirada. Al fin y al cabo, el tiempo es lo único que tenemos en común los vivos y los muertos.

 

Parece que después de lo dicho por Vives se debería haber producido un cese en el uso del aforismo, pero no fue así, pues si comprobamos que la vida de Vives transcurrió en el siglo XVI y la de Newton en el XVII, nos cuesta admitir que este último no tuviera noticias de lo que el primero había dicho sobre la reiterada sentencia.

 

Fue otro español, José Ortega y Gasset, el que consideró que las generaciones deberían ser representadas «en vertical, unas sobre otras, como los acróbatas del circo cuando hacen la torre humana. Unos sobre los hombros de los otros, el que está en lo alto goza la impresión de dominar a los demás, pero debía advertir, al mismo tiempo, que es su prisionero». A Ortega, con su peculiar visión de la Historia, no le falta razón, pues no podemos desentendernos de toda esa suma de generaciones que han propiciado el conocimiento actual; ahí están, son parte de nosotros mismos y no debo olvidar ¾cambio a primera persona¾ que, si he sido capaz de presentar un resumen de la historia del aforismo, es porque he contado no sólo con la expresión del proverbio repetida y renovada durante siglos, sino además con la ayuda de Robert Merton y de Umberto Eco, que hicieron, a su manera, una exposición de su evolución mucho más brillante que la mía. Pero en lo que nadie puede ayudarme es a elegir a mis propios gigantes, ni a escoger lo mejor entre todo lo que ellos dijeron. 

 

Mi elección fue leer la obra de Miguel de Unamuno Cómo se hace una novela. La primera vez que la leí lo hice con mucha ilusión, pensando que no había nada mejor que contar con un gran maestro para aprender a escribir novelas. Pero su lectura supuso para mí una gran decepción, pues en Cómo se hace una novelase habla de muchas cosas menos de cómo se hace una novela. Muchos años después descubrí que no había sido yo el único que se había lanzado a leer esa obra con la esperanza de encontrar orientaciones para ser novelista; Enrique Vila-Matas, en París no se acaba nunca, decía que a él le había ocurrido lo mismo.

 

Volví, después de mucho tiempo, a leer ese libro de Unamuno, esta vez buscando ideas relacionadas con su concepto de exfuturo, y encontré una aserción expuesta como pregunta retórica que quedó grabada en mi memoria. Decía Unamuno: «¿no hay acaso un sentido oscuro de perpetuidad hacia el pasado, de pre-existencia, junto al sentido de perpetuidad hacia el futuro, de per-xistencia o sobre-existencia?». Los signos de interrogación pueden ser suprimidos, pues como pregunta retórica sugiere una afirmación, en este caso podemos decir que entraña una equivalencia.

 

Esta idea añadía valor al yo exfuturo, pues ampliaba la experiencia vivida más allá de lo que el propio exfuturo tolera, puesto que, si hemos estudiado lo suficiente los acontecimientos vividos por los precursores de nuestra historia y hemos sido capaces de incorporarlos a nuestro conocimiento, podemos revivir el espíritu de los tiempos pasados y sus experiencias como si fueran nuestros, al haberse convertido en recuerdos que se han incorporado a nuestra memoria.

 

El conocimiento de Unamuno se extendía mucho más lejos de lo que yo había creído. Siempre pensó mucho en la vida y también mucho en la muerte. Pensar mucho en la muerte es pensar en la mortalidad y, a la vez, aunque no siempre, rebelarse contra ella. Puede parecer un buen método preparar una buena muerte disfrutando de una buena y larga vida, y no sabemos, pero intuimos, que una buena vida consiste en almacenar todas las experiencias posibles a lo largo de ella. Unamuno, con su idea de preexistencia, pudo remontarse a la batalla de Guadalete, a la de Bailén, o a cualquier otro momento histórico que considerara el origen de lo que admitía ser, pero creo que siempre supo, como creo yo saber, que la mayor de las batallas debería librarla él solo, «cuando la vida muere», evitando dejar cuentas pendientes, afrentas imperdonables y a todos los que le conocieron «harto consuelo su memoria».

 

Pero Hegel siempre se interpone. La primera vez que leí el prólogo de sus Líneas Fundamentales de la Filosofía del Derecho me pareció que intentaba justificar la incapacidad de la filosofía para anticiparse a su propio tiempo; por eso proponía que primero hay que contar cómo fue la historia y después cómo debería haber sido, pero nunca intervenir en ella, lo que le permitía estar siempre en paz consigo mismo. 

 

Si la labor de un filósofo es enseñar cómo debe ser el mundo y si la filosofía siempre llega cuando el proceso de formación de la realidad ha concluido, es acertado, a mi juicio, sostener, como él lo hizo, que «cuando la filosofía pinta su gris sobre gris, es que una figura de la vida ha envejecido y con gris sobre gris no se puede rejuvenecer, sino sólo conocer; la lechuza de Minerva tan sólo emprende su vuelo cuando comienza a anochecer». 

 

Muchos años después, cuando volví a leer el Prólogo me pareció que estas frases, bellas como pocas, admitían otra interpretación. Cuando el color de nuestro cabello se vuelve gris nuestras capacidades decaen, nuestra conciencia se vuelve sobre sí misma con displicencia y juzgamos nuestro pasado sin misericordia, descubriendo la inmensa distancia que siempre mantuvo nuestro ideal con la realidad. Cuando todo esto sucede, contamos muchos más fracasos que éxitos, más sometimientos que rebeliones y sin perder la lucidez, comparando lo que fuimos con lo que pudimos haber sido, tenemos la impresión de que cualquiera de las vidas posibles hubiera sido mejor que la vivida. Reconocemos el dolor de la nostalgia y advertimos que aún queda lo peor, pues nadie estará dispuesto a escuchar que hay que tener paciencia, que después de la noche vendrá la aurora y que, por tanto, tampoco tendremos el consuelo de pensar que nuestros sucesores estarán preparados para encarar el cambio que se avecina. Comprendemos entonces que la tela de Penélope que teje una generación la deshace la siguiente, y que como para cada cual los únicos errores válidos son los propios, no queda otra que claudicar y presentar la rendición. Tan sólo nos queda el conocimiento, pues no podemos rejuvenecer, y haremos bien en asumir que conocer es recordar, Platón levantó acta al respecto, y que recordar procede del latín recordarire (de nuevo) y cordis (corazón), esto es, volver a pasar lo vivido por donde más duele, por el corazón. De esta forma del «dejarnos harto consuelo su memoria» llegamos al «como si nada hubiera sucedido».

 

Pero siempre hay enanos vivos que se encaraman a hombros de gigantes para ver más lejos que ellos gracias al conocimiento acumulado que han recibido. Los enanos que elijan bien se convertirán en gigantes, los que elijan mal no pasarán de simples enanos. Y si ya es difícil acertar en la elección de los gigantes mucho más lo es en la elección de los enanos que con el tiempo se convertirán en gigantes.

 

Pues bien, a mi juicio eso es lo que hicieron los que dirigieron The Dial entre 1920 y 1929, pues supieron escoger lo mejor de cada casa y, aunque cometieron clamorosas equivocaciones, la más patente con Unamuno y su artículo sobre Nuestros yos ex-futuros, que decidieron no publicar, también hay que reconocerles numerosos aciertos. Muchos de los artistas y escritores que pasaron por sus páginas ya estaban consagrados en el momento en que aceptaron colaborar en la revista, otros lo lograron con el tiempo y los hubo que, no se sabe por qué, fueron relegados al olvido. 

 

Azorín decía que «envejecer es perder la curiosidad», yo no quise perderla. La curiosidad me guió a las páginas de The Dial, y en ellas encontré a Miguel de Unamuno y lo que de él andaba buscando, a José Ortega y Gasset y a José Martínez Ruiz (Azorín). Durante muchos años han sido considerados tres de nuestros grandes autores. Han sido leídos y comentados, estudiados y elogiados, también criticados. Intuyo que en estos momentos, por lo menos alguno de ellos ha sido injustamente olvidado.

 

Este libro va dedicado a ellos, a mis gigantes. Palabra de enano.

 

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Una pregunta para aquellos que han llegado hasta aquí: ¿has leído en el último año alguna obra de Unamuno, de Ortega o de Azorín? Si la respuesta es negativa, no sé a qué estás esperando.