domingo, 27 de enero de 2013

Craso error


Gran error, enorme error. Un error de los gordos.

La tesis más sólida y extendida del origen de la expresión ‘Craso error’, es que procede del adjetivo latino ‘crasus –a –um’, que significa gordo, grueso.

Existe otra tesis que sostiene que ‘Craso error’ procede del error táctico que el General Marco Licinio Craso cometió en la batalla de Carras.



Así, José Ignacio Lago dice que ‘La afirmación “craso error” nació en la Roma de mediados del siglo I a.C. para describir un error fundamental, y con ese sentido se sigue utilizando hoy en día. El “craso error”, el error de Marco Licinio Craso, consistió en aventurarse en una expedición cuyo fin era conquistar el Imperio parto, heredero del persa. La aventura terminó en lo que los romanos definirían como “el desastre” por antonomasia… el desastre de Carras’.

Y continúa diciendo José Ignacio Lago, ‘Tanto Plutarco como Plinio mencionaron en sus escritos la leyenda de la "legión perdida", una fuerza de romanos que tras la batalla de Carras continuó sirviendo a las armas partas. Pero hasta hace apenas unos años se pensaba que era precisamente eso, una leyenda. En el año 2000 la universidad de Lanzhou, en China, publicó los resultados de los análisis de ADN llevados a cabo entre la población de Zhelaizhai, un poblado situado en el desierto de Gobi, en la provincia de Gansu. Tales resultados confirmaron la teoría que en 1955 el investigador norteamericano Homer Hasenpflug Dubs había enunciado sobre el paradero de aquellos legionarios. Según los análisis de ADN, el 46% de los habitantes actuales de Zhelaizhai son descendientes de romanos. La sorprendente noticia, apoyada por la arqueología y la filología, demostraba científicamente que un grupo de romanos había llegado a aquellas remotas tierras, situadas a 7000 kilómetros de Roma, sobre la segunda mitad del siglo I a.C. El poblado al que fueron enviados o que construyeron se denominó ‘Li Jien’, es decir, Legión’(1).



Por su parte Ross Cowan nos dice que ‘An example of a foolish failure to employ the simplex acies was the battle of Carrhae (53 BC), when Gaius Cassius Longinus counselled Marcus Licinius Crassus to deply his army in that formation to engage the Parthians horse archers and cataphracts’(2).

Aunque lo más probable es que el origen de la frase responda a la primera de las dos tesis expuestas, no es aventurado pensar que el haber sido relacionada con el error táctico cometido por Marco Licinio Craso en la batalla de Carras, propició que su uso se haya mantenido a lo largo de más de mil ochocientos años, y que aún en la actualidad la sigamos utilizando.






(1) José Ignacio Lago. ‘Roma en guerra’. Almena Ediciones. Madrid, 2007, pp. 330 y 334.
(2) Ross Cowan. ‘Roman Battle Tactics 109 BC – AD 313. Osprey Publishing Ltd., 2007, p. 18.


En Soto del Real (Madrid), a veintisiete de enero de dos mil trece.


viernes, 3 de agosto de 2012

Los portadores de la antorcha





Los portadores de la antorcha es una escultura que se encuentra en la Ciudad Universitaria de Madrid. Es obra de la estadounidense Anna Hyatt (1876-1973), esposa del hispanista e hispanófilo estadounidense Archer Milton Huntington. La realizó entre los años 1950 y 1954 en homenaje, según dijo, a la herencia de la civilización occidental, y fue inaugurada el 15 de mayo de 1955; en enero de ese año nací yo. 

Anna Hyatt quiso representar en este grupo escultórico el traspaso de conocimiento de una generación a la siguiente. La escultora dejó constancia en sus diarios que cuando la esculpió tenía en mente el heroísmo de los españoles que durante siglos habían luchado por sus ideales y que desde la Ciudad Universitaria podrían liderar el mundo.

La escultura que se encuentra en la Ciudad Universitaria fue fundida en aluminio, siendo donada por la autora a la ciudad de Madrid desoyendo con ello los deseos de importantes ciudades estadounidenses que querían instalarla en alguna de sus plazas. 

En el pedestal figura, tanto en inglés como en español, una inscripción escrita por José María Souvirón  que Archer Huntington recogió en su libro de poemas The Torch Bearers (Los portadores de la antorcha), y dice así:


EL HOMBRE LLEVA LA SAGRADA ANTORCHA
DE LA FIDELIDAD POR LAS CANDENTES
ARENAS DEL DESIERTO DE LOS TIEMPOS
LA MUJER LLEVA LA MATERNIDAD
COMO ANTORCHA SUBLIME EN SU CAMINO
CON AMBAS LUCES LLEVAN A SU TÉRMINO
LA INCANSABLE TAREA DE LAS ALMAS
HASTA LA ETERNA PUERTA DE LOS CIELOS
ANTE EL GOZO DE DIOS ARREBATADOS.

Existen tres copias en bronce. Dos de ellas se encuentran en Estados Unidos, una en la Universidad de Carolina del Sur y la otra en el Discovery Museum de Bridgeport (Connecticut). La tercera se encuentra en Valencia.

No recuerdo el día que la vi por primera vez, pero calculo que tendría  dieciocho o veinte años. Lo que sí recuerdo es que fue de casualidad. Mis paseos por la Universidad Complutense fueron siempre muy escasos, y menos por la plaza donde se encuentra situada, frente a las facultades de Medicina y Farmacia, pues mis estudios de Historia, Derecho y Filosofía los cursé en la Universidad Autónoma de Madrid.



También recuerdo que desde el primer momento que la contemplé me impresionó. Observé con detenimiento al joven que monta a caballo, un hombre fuerte y seguro de sí mismo que tiene toda la vida por delante. Se inclina levemente para recoger la antorcha que le brinda un anciano, abatido, exhausto, miembro de una generación anterior que se libera con la entrega y traspasa con ello la responsabilidad a la generación posterior.



También recuerdo que entre los dos roles que presenta la escultura me vi identificado, como no podía ser de otra forma, con el hombre joven que inicia su andadura con la seguridad de que su generación alcanzará cotas superiores a la generación sustituida.

Hace unos días volví a aquel lugar a tomar unas fotos y ¿qué descubrí?, descubrí que mi mirada se dirigía más bien al anciano que extiende su brazo y ofrece la antorcha. Y no lo hice ni con nostalgia ni pesadumbre, tal vez con algo de decepción, pero con serenidad, asumiendo la responsabilidad del tiempo que estuvo en mi mano, recordando las derrotas cosechadas, pero también recordando la decisión e ilusión con las que afronté todos los retos, peleas, batallas, celebraciones…



Tal vez alguien, algún día, analice los errores y aciertos de mi generación y sea capaz de desvelar por qué no fuimos capaces de hacer las cosas mejor, dónde actuamos como cobardes, cuándo lo hicimos con miedo, en qué ocasiones supimos superarlo y en cuáles marcó nuestra conducta y fuimos sometidos.

Por mi parte no pido ni clemencia ni perdón, solo pido que antes de juzgarnos piense en la escultura de Anna Hyatt, tome la antorcha y afronte con valentía el riesgo que le tiene reservado el futuro. Muchos años después, cuando se vea tirado en el suelo y utilice sus últimas fuerzas para extender su brazo y entregar la antorcha al joven que se la reclame, entonces, justo entonces, estará en disposición de juzgarnos.



Espero que en ese momento no le tiemble la mano y sea implacable. Estoy seguro que ya habrá aprendido cómo hacerlo.


 

Contemplo de nuevo la escultura y recuerdo las palabras de Manuel Azaña:

«Es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando acabe como nosotros queremos que acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez se sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón».

Madrid, tres de agosto de dos mil doce. Revisado en agosto de 2024.






lunes, 28 de mayo de 2012

Amarcord (En un lugar de la memoria donde no importa que habite el olvido)

Federico Fellini

- ¿A dónde se retira Tiberio cuando deja las riendas del Estado?
- A Capri, señor.
Profesor de Historia y Titta.  (‘Amarcord’ de Fellini).



Federico Fellini nació en Rímini en enero de 1920 y falleció en Roma en octubre de 1993. Dedicó toda su vida al cine, como guionista y director, y es considerado como uno de los más geniales de todos los tiempos, algo que solemos escuchar, y decir, siempre que nos referimos a ilustres creadores una vez que sus días han terminado. Él decía de sí mismo: ‘No puedo ser objetivo ante mis películas por una razón muy simple: no me considero un director profesional, cuyas películas sean la expresión de un hombre que ejerce un oficio. Soy un narrador de historias. Filmo porque me gusta contar mentiras, inventar historias y contar cosas que vi, personajes que conocí. Sobre todo, me gusta contarme a mí mismo’.

Fue ganador de cuatro premios Oscar a la mejor película de habla no inglesa, uno de ellos por el filme objeto de este comentario (el mismo año de su estreno), así como un Oscar honorífico a su trayectoria profesional (en 1993), poco antes de su muerte.

El título de la película, Amarcord, es un sustantivo derivado de la oración ‘yo me acuerdo’, ‘me acuerdo’ o ‘recuerdo’ (a m’arcord) en Emiliano-romañol, lengua vernácula de Emilia-Romaña, región de la que es capital Rímini. El impacto de esta película fue de tal magnitud que amarcord entró a formar parte del léxico italiano general, con el significado de ‘evocación en clave nostálgica’. En España el filme se tituló, con buen criterio, Amarcord (Mis recuerdos), aunque son ciertamente memorias muy peculiares las recogidas en la película, lo cual permite marcar distancias con lo que pudiera ser considerado una obra autobiográfica.

Amarcord se estrenó en 1973. En ese año el ejército estadounidense se retiraba de Vietnam y tenía lugar la conocida como ‘Crisis del Petróleo’, producida por la decisión de la OPEP de no suministrar crudo a los países que habían apoyado a Israel en la guerra de Yom Kipur. En España, el almirante Carrero Blanco moría víctima de un atentado terrorista de ETA. Faltaban dos años para la muerte del general Franco y un lustro para la proclamación de la actual Constitución española. La situación vivida en España al final de la dictadura propició que para muchos esta película resultara especialmente atractiva.

Fellini presenta en Amarcord una historia cuyo argumento está constituido por un rompecabezas, un mosaico compuesto por diversas historias desarrolladas sin continuidad y dejando multitud de cabos sueltos. Este mosaico, no obstante, queda ordenado con la presencia de tres rasgos que le dotan de cierta coherencia; el narrador, abogado que se presenta ante la cámara con una bicicleta, en la que nunca va montado, y al que los niños interrumpen y del que se burlan; Titta, el adolescente que supuestamente representa a Fellini, sobre el que gira una gran parte de las particulares historias compartimentadas que constituyen la narración, presentado como un joven despreocupado por su entorno pero atento y asombrado por el mundo que le rodea, y por último la música de Nino Rota, que evoca la decadencia y mediocridad del conjunto.


Los molinillos que vuelan por la ciudad y que anuncian la llegada de la primavera; la típica foto anual de alumnos y profesores; la excursión con el tío Teo, internado en un psiquiátrico y que aprovecha un descuido para subirse a un árbol y gritar insistentemente: ‘¡Quiero una mujer!’, y al que Titta observará y respetará; los habitantes que se dirigen en botes al mar para ver pasar el transatlántico Rex; una carrera de coches; un motorista pirado; desfiles fascistas; la guapa del lugar, Gradisca, siempre acompañada por dos acólitas, que al final consigue casarse con un hombre rico y que manifiesta a los cuatro vientos que quiere a todo el mundo, y la escena de la estanquera, probablemente la más recordada.


A Fellini le interesa presentar los rasgos esenciales que enmarcan la época que constituyó su infancia, la década de los treinta, dominada por el fascismo y la religión católica, que impregnaban todos los rasgos de la vida cotidiana; pero sobre todo le interesa plasmar qué es lo que recuerda y cómo lo evoca, el modo en que permanece en su memoria después del paso del tiempo.

Familia, colegio, religión, fascismo, amigos, sexo…, todo pasa por el análisis crítico que proyecta su obra, sin olvidar el culto al mundo de la mujer, que le fascinaba, dentro de una visión marcadamente machista. Fascinación que comparto con Fellini, si bien procuro por todos los medios posibles alejarme de cualquier rasgo machista, aunque a veces no lo consiga. Y de esta forma nos encontramos con que la primera experiencia sexual es dolorosa y sucia, huele mal y enferma. La tensión de un matrimonio en total decadencia, la dignidad ideológica mantenida a duras penas en una Italia impregnada de un mediocre autoritarismo, un tío vago y caradura que vive a costa del cuñado...

Y todo ello caracterizado de forma grotesca, memoria de una época estereotipada y carente de espontaneidad. La crítica se presenta también mediante la exaltación estúpida, los ditirambos, los casuales y desgraciados accidentes a los símbolos más sublimes de la patria y de los grandes hombres que la lideran. Alumnos y profesores con un aspecto que denota también los estragos de la memoria, peinados, rasgos físicos exagerados y extravagantes.




Las características apuntadas permiten considerar a Amarcord una película de vigencia muy discutible. La forma de narrar, la época tratada, desconocida para las generaciones actuales, no creo que despertara interés en el público actual. Si fuera de nuevo proyectada en cines, asistirían cinéfilos y seguidores de esa forma tan peculiar de contar historias que tenía Fellini, esos que en la actualidad tenemos el pelo cano y a quienes nos interesó en su día.

Todo ello evoca una forma de acercarse a los recuerdos con nostalgia, ternura, melancolía, y también con una cierta amargura. Fellini es un hombre de gran fantasía, y las personas con imaginación, como decía Antonio Machado, no mienten, pues también la verdad se inventa (1). Las verdades inventadas de Fellini toman distancia con el presente de la época en que filmó la película y con el propio pasado que vivió, y presenta un ambiente circense y grotesco. Fellini sabe reírse de sí mismo a la vez que no concede mucha importancia a su historia, actitudes estas que denotan, a mi juicio, un gran respeto hacia su pasado.

El tiempo para Fellini aparece con ciertos tintes aristotélicos, con un antes y después que hacen referencia al espacio y al movimiento. Su película se desarrolla en un único espacio, Rímini, su ciudad natal, y su acción transcurre en el ciclo de un año, del comienzo de una primavera al inicio de la siguiente. El mundo es un perpetuo movimiento y constante destrucción. Pero su concepción a veces tiene matices agustinianos, ya que el tiempo se presenta como una sensación interior, psicológica, nunca está presente del todo, pues ‘No existe un tiempo futuro largo, porque no es, sino que un largo futuro es una larga espera del futuro. Y no hay un tiempo pasado largo, que no es, sino que un largo pasado es una memoria larga de lo pasado’ (2). Tal vez Fellini también esté reflexionando sobre el tiempo a la manera de Schelling, al considerar que el presente como tal es nuestra propia historia, y es el pasado el que nos amenaza y condiciona nuestra manera de ser y pensar.




Toda esa forma de narrar los hechos recordados e inventar los olvidados, permite a Fellini explorar el pasado más mágico de los pasados, aquel que pudo ser y no fue. Aquellos caminos que quedaron abandonados porque elegimos unos diferentes y se quedaron en nuestra memoria como puertas negras.

Fellini aprovecha Amarcord para hacernos una propuesta, abrir alguna de esas puertas y asomarse tras ellas, y de esta forma mostrar que no esconden yoes tan imposibles como hubiéramos podido pensar. La imaginación ha ido forjando sus alternativas y han terminado formando parte del yo actual: los yos exfuturos alcanzan la realidad a través de la imaginación.

Amado Nervo decía que «La vida es como un relámpago entre dos largas noches»; Vicente Aleixandre, «entre dos oscuridades, un relámpago»; Vladímir Nabókov la describió como «una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas». 


Por mi parte, reconozco en la obra de Fellini mi propia interpretación sobre el tiempo. El relámpago es como un escenario cargado de imágenes, unas reales y otras inventadas, Fellini lo representa a la perfección


Desde este punto de vista no tendremos más remedio que darle la razón a Theuth y quitársela a Thamus, y con ello a Sócrates, a Platón, y a Aristóteles, pues el vacío que deja el olvido cuando la memoria se desvanece es ocupado inmediatamente por la imaginación; aquí no hay escritura que valga, y sin ella, siempre hay algo que desaparecerá para siempre.

Pero también es cierto, pienso yo, que solo al tiempo pasado alcanza la luz del relámpago, sobre el que siempre volvemos la mirada buscando seguridad y recursos que iluminen nuestra vida; el tiempo futuro no deja de ser una dimensión parecida a un túnel negro que nos conduce a la total oscuridad, donde habitan los malos augurios e inquietantes premoniciones. Y no menos cierto es que también el tiempo futuro terminará convirtiéndose en presente, esto es, parte de nuestra propia historia.

Miramos hacia atrás y vemos con el color de nuestros ojos la luz de la memoria alumbrando el túnel, el lugar donde han quedado grabados todos nuestros errores, aciertos, rebeliones, sometimientos, éxitos y fracasos, que han ido conformando poco a poco la estructura de nuestra razón, que, aunque nos recuerda lo casual y absurdo que resulta estar vivo, también nos hace caer en la cuenta de que seguimos estándolo; algo providencial, pues termina convirtiéndose en nuestra última esperanza.

Madrid, veintisiete de mayo de dos mil doce.


NOTAS: (1)‘Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa’, en IX Proverbios y Cantares, XLVI Nuevas Canciones. Manuel y Antonio Machado. Obras Completas. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid, 1978, pág. 904.  Antonio Machado dedicó ‘Proverbios y Cantares’ a José Ortega y Gasset.
(2) Agustín de Hipona. ‘Qué es el tiempo. Libro XI de las Confesiones’. Editorial Trotta. Madrid, 2011, pág. 85.



Amarcord (En clase de Griego).