lunes, 27 de mayo de 2013

10. Te estaré esperando en Puerta Cerrada



Foto: Luis Cejudo


Él siempre la llamó Nativa, aunque se llamaba Natividad. Muchos la llamaban Nati, pero a él Nati nunca le gustó.

Vivían puerta con puerta en una lúgubre casa de una calle perpendicular al Paseo de Extremadura, justo a lado de la Puerta del Ángel. Acudían al mismo colegio; en la misma iglesia escuchaban misa; rezaban las mismas oraciones; compartían ambos los mismos deseos y emociones.

Necesitaban estar juntos a solas, y si para ello tenían que mentir, mentían. Lo cierto era que mentían constantemente. Se inventaban urgentes e ineludibles obligaciones para salir juntos de casa camino de donde fuera. Y a los dos les gustaban las mismas cosas: el chicle, el chocolate y los libros.

Decidieron que tenían que salir de aquellas callejuelas, de aquellos curas malpensados, que no andaban más que rebuscando basura donde no existían más que miradas limpias. Construyeron su estrategia. Expusieron a sus padres que el conocimiento de idiomas era algo fundamental para su futuro, no cabía duda que necesitaban reforzar su francés. Había una academia llamada Brian en la calle de Tetuán, justo haciendo esquina con la calle de la Tahona de la Descalzas, en la que profesores francófonos impartían clases de francés: eso era justo lo que ellos necesitaban. Sus padres no pudieron oponerse. Martes y jueves, Nativa y Lucas quedaban después de finalizar las clases del colegio en la parada del autobús 31 para ir a clase de francés, pero nunca lo tomaban, se dirigían a la academia caminando, y así el dinero del billete Lucas se lo gastaba en cigarrillos y Nativa en chicles. Cuando pasaban por Puerta Cerrada y veían el rótulo en la fachada de una de sus casas, Nativa le decía a Lucas: «Algún día, Lucas, tendremos que abrir esta puerta. Mientras tanto, si me alejo de ti, que sepas que podrás encontrarme aquí, siempre te estaré esperando en Puerta Cerrada». Y como era habitual, Lucas se fumaba los cigarrillos mientras que Nativa compartía con él los chicles. «Pásame el chicle» –le decía–, y se besaban. Nativa empujaba con la lengua el chicle hacia el exterior de su boca, lo proyectaba a través de sus dientes, y entre sus labios se lo traspasaba a la boca de Lucas. Olor a fresa, menta, saliva, sudor y ternura.

Aquellos momentos en el que se producía el intercambio del chicle se convertían al día siguiente en una profunda desazón emocional, con un evidente matiz sexual. Más tarde se transformaba en un impetuoso deseo que les incitaba a una constante transmisión y recepción del chicle. Después, transcurrido el tiempo, identificaron en aquellos momentos algo obsceno, con sentimientos de vergüenza y arrepentimiento. Más tarde se convirtió en una idea estereotipada: «cosas de chicos»; para  derivar después en una profunda sensación de nostalgia, con una mezcla de belleza e imaginación, sabedores que aquellos maravillosos momentos no podrían ser recuperados. Por último, ambos terminaron identificándolos como un preciado tesoro que debían conservar en sus memorias para el resto de sus días. De esta forma, aquellas vivencias convertidas en recuerdos sufrieron un constante proceso de actualización. El tiempo vivido perduró en su conciencia más como fantasía e imaginación que como parte de su propia experiencia. Muchos años después, cuando Nativa recordó involuntariamente cómo en uno de aquellos besos el chicle quedó dividido en dos mitades, una en la boca de Lucas y la otra en la suya, supo identificar en la imagen recobrada del pasado una emoción diferente, una vivencia repetida, un aire fresco y renovado, aquello por lo que una vida merece ser vivida. Una historia abierta a un futuro incierto, con la mirada atenta y abandonada a los inesperados avatares que en cualquier momento pueden hacernos cambiar de rumbo.

Un buen día, el padre de Nativa comunicó a su familia que en España las expectativas de futuro eran escasas. Un ingeniero agrónomo debía estar en el lugar donde en esos momentos todo el proceso productivo se encontraba en constante evolución. California era la tierra prometida y allí era donde debían dirigirse. Todo fue tan rápido que cuando se quisieron dar cuenta, Nativa, con el resto de su familia, se encontraba en el interior del taxi que les había de conducir al Aeropuerto de Barajas rumbo a California. Lucas se asomó por la ventanilla del taxi, miro a Nativa y le dijo: «Te estaré esperando en Puerta Cerrada. Llevaré chicles». Y todos rieron, sus padres, sus hermanos, Nativa y él, pero sólo ellos conocían el verdadero significado de aquellas palabras.

Nunca nada volvió a ser como antes. Lucas rebuscaba a diario en el buzón de correos las cartas que Nativa le enviaba. Las abría destruyendo los sobres; leía las frases una y otra vez, comparando las posibles interpretaciones que a cada una de ellas podían darse. Y un buen día, no hubo más cartas.

Tenían ambos veinte años cuando Lucas se cruzó con Nativa, que acompañada de su marido, paseaba por la avenida de Portugal. Nativa empujaba un cochecito en el que iban dos niñas gemelas. «¿Cómo estás Nati?» –preguntó Lucas–. Ambos se intercambiaron una forzada sonrisa; los dos pensaron que todo se había ido a la mierda. Un año después, cuando Lucas obedeció la orden de disparar contra la multitud y la cumplió, le vino a la mente aquel impetuoso error, aquella situación que el destino le había brindado para hacerse mayor, para crecer, para entender que en el juego de la vida hay tantas reglas como vidas. En lugar de llamarla Nativa, como siempre, la llamó Nati, y en lugar de recomponer su vida se alistó como voluntario en el ejército para ser conducido al Sahara Occidental.

Nativa, incapacitada para comprenderse a sí misma desde que llegó a Sacramento, entendió a la perfección la reacción de Lucas, pero también ella encontró circunstancias adversas. Deslumbrada por una sociedad que intentaba transformar las bases en la que se había desenvuelto durante casi dos siglos, se vio inmersa en un torbellino de vivencias, de emociones, de noches en vela envuelta en música y pasión. Conoció a un chico y se entregó a él. Poco más tarde nacieron las gemelas, y más tarde llegaría la tercera, a la que llamó Nativa. Su marido se incorporó al cuerpo diplomático, y desde aquel día anduvieron de una embajada a otra, de país en país. A Nativa siempre le perseguía la misma idea, la misma obsesión; pensaba que se estaba quedando atrás, que Lucas ya habría terminado la carrera de derecho y ella ahí se había quedado, estancada, criando a sus hijas y atendiendo a su marido. Llegó el día que tuvo que tomar una decisión, le dijo que ya no aguantaba más, que le dejaba. Cogió a sus tres hijas y regreso a California.

Siempre identificó aquel momento como el que había marcado el comienzo de la lucha por recuperar su vida, una dura e indefinida batalla en la que puso a prueba su fuerza de voluntad. Supo sacar a sus hijas adelante mientras estudiaba ingeniería industrial. Dos nuevos matrimonios que acabaron en divorcio, dos nuevos errores que cargar sobre sus espaldas. De Sacramento a San Francisco, de San Francisco a San José, más tarde a Monterrey, y por último a Bakersfield. Había corrido tanto, tan deprisa, que se preguntaba cuántas cosas se habían quedado por el camino sin haber sido apenas consciente de haberlas vivido.

Y dentro de aquella vorágine apareció Lucas en forma de correo electrónico, la había localizado. El mundo se había vuelto muy pequeño; las fronteras de la información habían desaparecido y habían hecho a su vez sucumbir otras fronteras que en tiempos parecieron infranqueables. Se intercambiaron dos correos, dos que escribió Lucas, y dos que escribió ella, y no hubo más. La última frase del último de los correos de Nativa conmocionó tanto a Lucas, que decidió no responder, recurrió a la pasividad, y como no podía ser de otra forma, pasado el tiempo, se arrepintió.

En Bakersfield conoció a un hombre que era profesor de epidemiología en la universidad de Berkeley, y se casó con él, su cuarto matrimonio. Más tarde abandonaría el ayuntamiento de Bakersfield para dar clases de ciencia medioambiental en aquella universidad. Por fin la tranquilidad había llegado a su vida, se encontraba segura. Se había adaptado perfectamente a aquella sociedad, se sentía identificada con ella de tal forma que dio el paso definitivo adoptando la nacionalidad estadounidense.

Sus tres hijas ya eran mayores; se casaron y nació su primer nieto. Aquella carrera por la vida, por el reconocimiento de sí misma, por un proyecto que la hiciera creer que su existencia tenía algún sentido, comenzaba a dar sus frutos. Pero había algo en ella que la desquiciaba: ¿qué hubiera pasado si se hubiera quedado en Madrid? Habían sido muy escasos los instantes de felicidad que había encontrado a lo largo de su vida, y cuando llegaron, lo hicieron de forma sobrevenida, sin haber aportado a ellos nada personal. Tenía la impresión de que siempre había ido a la deriva, que no había sido capaz de tomar el control de la vida que le era propia, la que nadie más que ella podía y debía vivir. Por un instante pensó que en todos aquellos años no había hecho otra cosa que buscar a Lucas, intentar recuperarlo, emularle y a la vez distinguirse para que se sintiera orgulloso de ella.

Un buen día decidió salir a su encuentro. Utilizó los buscadores que le brindaba internet para encontrar su rastro, y localizó varios enlaces que contenían información sobre él. El que más le interesó fue una  revista literaria en la que todos los meses publicaba un cuento: El unicornio de vapor. Todos los primeros días de cada mes se dirigía nerviosa al ordenador para leer la nueva historia que Lucas había escrito para ella.

Aquel primero de mes abandonaba la Universidad de Berkeley junto a su marido, cuando le llamó la atención un hombre sentado al lado de un viejo árbol que preside la Dwinelle Plaza. Llevaba gafas oscuras y un gorro de montaña gris. Por un momento se cruzaron las miradas y creyó identificar en la suya algo familiar, que le evocó en un instante una extraña sensación de cercanía y misterio. Pero no se detuvo, pensó que eran cosas suyas y continuó su camino junto a su marido para recoger el automóvil que tenían estacionado muy cerca de allí.

Aquella noche, cuando llegó a su casa, encendió el ordenador y entró en la página de El unicornio de vapor para disfrutar de la lectura del nuevo cuento de Lucas. Enseguida percibió que algo no iba bien en aquella historia, aquel texto no respondía a la estructura y forma de un cuento. Estaba hablando de sí mismo, en primera persona. Aludía a un poema de Konstantino Kavafis que describía una habitación donde el poeta encontró el amor, y que aunque el tiempo la había transformado, años después había revivido en ese mismo lugar aquellos momentos de pasión. Nativa se sintió perturbada y conmovida, algo intentaba transmitirla, pero no era capaz de interpretarlo aún leyendo entre líneas como estaba acostumbrada. No cabía duda que algo extraño le ocurría, y empezó a preocuparse, su inquietud iba en aumento según progresaba en su lectura. Decía que ese era el último cuento que publicaría en la revista. Hablaba de las múltiples perspectivas que puede presentar el tiempo, de sus estudios de filosofía, donde se había refugiado durante los tres últimos años, de una cita a la que de forma ineludible había de acudir, aquella en la que se dirimen todos los proyectos incumplidos y se acepta el único que nunca fue nuestro propósito asumir.

Nativa interrumpió la lectura y comenzó a leerlo desde el principio. Comprendió que se estaba despidiendo, pero ¿por qué? Cuando leyó la descripción de cómo había abandonado la universidad de Berkeley, le vino a la mente aquel hombre con gafas oscuras y gorro gris con el que había intercambiado una mirada hacía apenas unas horas. Sintió entonces lo absurdo de sus miedos; pensó que los recuerdos pueden ser actualizados a través de la interpretación, pero nunca modificados ni sustituidos, para eso no existe una segunda oportunidad. Fue entonces cuando recordó involuntariamente aquel beso en el que el chicle terminó partiéndose en dos. Sintió que algo importante recobraba mientras todo a su alrededor se hundía. Pronunció el nombre de Lucas una y otra vez mientras leía las últimas palabras de aquella historia: «Sólo las puertas cerradas son susceptibles de ser abiertas. Todo consiste en llamar a ellas, perseverar, tener paciencia. No tengas prisa: te estaré esperando en Puerta Cerrada».

En Madrid, a veintisiete de mayo de dos mil trece.

viernes, 26 de abril de 2013

8. La tía Ángela





Cuando Ángela vio que era la guardia civil y no Arnelio quien llamaba a la puerta de su casa, supo a ciencia cierta que a su hermano Roque lo iban a fusilar.

Roque había sido comisario político durante la guerra civil. La labor de un comisario político en una ciudad que, como Valdepeñas, vivió todo el conflicto en la retaguardia, consistía fundamentalmente en mantener alta la moral de las unidades del ejército asignadas, para que los soldados estuvieran en condiciones de entrar en combate en el momento que fueran requeridos para ello, así como conocer, informar y transmitir todo lo que fuera del interés de los combatientes.

Por razón de su cargo, a Roque le llegaba mucha información, que trascendía a las propias unidades militares. Conocía los movimientos y decisiones de los grupos extremistas que mataban, sin juicio previo, a todos los que consideraban sospechosos de fascistas o antirrevolucionarios. Nunca fue Roque, ni antes ni durante la guerra, amigo de la violencia injustificada. En muchas ocasiones avisaba a quien corría peligro para que se pusiera a salvo o huyera; así lo hizo varias veces con las monjas trinitarias. Y cuando los perseguidos no tenían posibilidad de escapatoria, les daba cobijo en su propia casa. Hizo la labor que le encomendó un gobierno que, a su juicio, había sido legítimamente elegido. Nunca ocultó que había salvado a muchos inocentes y siempre sostuvo que ninguna de sus decisiones había producido derramamiento de sangre fuera del campo de batalla.

Ángela era una persona muy distinta a su hermano. Católica practicante, conservadora de las de antes, había contraído matrimonio con un hombre mucho mayor que ella, que había enviudado a principios de la década de los treinta, y quien, según decían, y todos los indicios apuntaban a ello, era de los más ricos del pueblo. A los dos años  de contraer matrimonio, y después de haber transmitido la titularidad de gran parte de sus bienes inmuebles y de su fortuna a Ángela, a la que adoraba, con la finalidad de que sus tres hijas nacidas de su anterior matrimonio no pudieran impedir que su esposa llevara una vida digna para el resto de su vida, murió de una neumonía.

Poco después del comienzo de la guerra, Ángela conoció a Arnelio, el hijo de un terrateniente de Moral de Calatrava. Aunque según decían Arnelio había estado colaborando con la CEDA, cuando comenzó la contienda se adhirió a la causa republicana y, con el transcurso del tiempo, se convirtió en miembro del partido comunista, haciéndose poco a poco con el control del Ayuntamiento. Ángela se dejó llevar por la pasión y, alentada por su soledad y el estado de desinhibición moral que la guerra había causado, se hizo amante de Arnelio. Todos los días se veían en la casa que Ángela tenía en el Paseo de la Estación. No tenían secretos el uno para el otro.

Cuando todo hacía presagiar que la guerra iba a durar poco, que el vencedor iba a ser el General Franco, y que cuando los fascistas se hicieran con el poder, la represión y la venganza iba a provocar un estallido de muertes violentas, Ángela recomendó a Roque y a Arnelio que abandonaran el pueblo e intentaran salir de España. Tanto uno como el otro se negaron a hacerlo. Roque porque consideraba que nadie en su sano juicio pediría responsabilidades a una persona que no había hecho otra cosa durante toda la guerra que cumplir con su deber y salvar la vida de muchos inocentes. Arnelio no daba razones.

El mismo día que las tropas del General Franco entraron en Valdepeñas, Roque fue detenido, inmediatamente juzgado y condenado a muerte. Arnelio, sorprendentemente, no fue molestado. Ángela tenía que hacer algo para evitar que a su hermano Roque le mataran, y concertó una entrevista con el Gobernador Civil de Ciudad Real, amigo de su difunto marido. Intercedería por su hermano ante él, pediría a las hermanas trinitarias, a las que  Roque había salvado la vida, que dieran testimonio de su intachable comportamiento. El treinta de abril de mil novecientos treinta y nueve, Ángela quedó con Arnelio en que la recogería a las diez de la mañana en su casa del Paseo de la Estación.

Durante más de una hora estuvo Ángela esperando la llegada de Arnelio para dirigirse a Ciudad Real, pero, en lugar de Arnelio, fue la guardia civil la que se presentó. En ese momento no solo supo que a su hermano Roque lo iban a fusilar, también tuvo conocimiento de que su amante era un traidor. «Miserable envidia», se dijo a sí misma.

Ángela fue detenida e ingresada en la prisión de Valdepeñas, y a Roque le fusilaron. Fue la muerte de un hombre valiente y bueno, que confió que su comportamiento fuera en algún momento reconocido y recompensado.

Durante dos días Ángela se encontró perdida en la prisión. Estaba aturdida, se reprochaba no haberse dado cuenta de las verdaderas intenciones de Arnelio, no podía entender cómo ella, acostumbrada a conseguir todos sus propósitos, había perdido de aquella forma el control de la situación. Cuando más hundida se encontraba conoció a Alfonsa. Bajita, rechoncha, fea y con unas gafas horribles, contó a Ángela que era de Villanueva de los Infantes, que su marido había sido también comisario político como Roque, y que al finalizar la guerra civil habían sido detenidos, él fusilado y ella enviada a la prisión de Valdepeñas. Fue Alfonsa la que explicó a Ángela el funcionamiento de la prisión, en quién podía confiar y en quién no, cuáles eran los trucos para conseguir raciones extra de comida, jabón, colonia, agua caliente. Y lo que fue más importante: la protegió.

Ángela salió pronto de la cárcel; su hermano había sido fusilado, no había razones para mantenerla encerrada por más tiempo. Una vez en libertad removió Roma con Santiago para que su amiga Alfonsa fuera también liberada, y aunque no fue fácil, al final lo consiguió. La acogió en su casa, y hasta la muerte de Ángela en mil novecientos sesenta y seis, allí vivieron juntas compartiéndolo todo.

Fueron muchas las habladurías y rumores que sobre Alfonsa y Ángela se dijeron en el pueblo durante los casi treinta años que estuvieron viviendo juntas. Unos acusaron a Alfonsa de haber sido una mujer interesada y manipuladora que sedujo a Ángela para vivir a su costa y heredar sus bienes, otros que a Ángela le había trastornado su estancia en la cárcel, pero lo cierto es que Alfonsa dio a Ángela un motivo para vivir, la ilusión y alegría que necesitaba. La cuidó y protegió, no se separó de ella, tanto en los momentos buenos como en los malos.

Cuando Ángela contrajo la enfermedad que siete meses después le produciría la muerte, Alfonsa estuvo a su lado día y noche velando por ella. Le preparaba la comida, le daba de comer, la aseaba, le contaba historias. Sin protestar, sin un mal gesto, proporcionándole todo su cariño.

De todos es sabido en el pueblo que la tía Ángela amó profundamente a Alfonsa, e hizo saber a quién quiso escucharla que había recibido de ella todo lo que ningún hombre le había sabido dar.


En Soto del Real (Madrid), a veintiséis de abril de dos mil trece.



Fotos: Paseo de la Estación de Valdepeñas (Principios del siglo XX y en la actualidad).



jueves, 18 de abril de 2013

9. Laha


 



Y Luis conoció a Laha.

Luis había comenzado las prácticas como sargento de complemento en el campamento de Viator, muy cerca de Almería. Para un estudiante universitario era una forma cómoda de cumplir el servicio militar: dos meses de campamento, tres de academia y seis de prácticas. No es que le gustara la vida militar, pero desde que su padre muriera dos años antes, se le había despertado el espíritu aventurero. Tenía prisa, quería experimentar emociones fuertes, quería ver mundo, pelear. Había interrumpido sus estudios de historia en la Universidad Autónoma de Madrid para incorporarse a filas; la universidad no se la iban a llevar del lugar donde se encontraba. Se vivían tiempos revueltos. El general Franco estaba gravemente enfermo. En mayo de mil novecientos setenta y cinco una comisión de la ONU había visitado el Sahara Español a fin de informar sobre la situación de dicho territorio con vistas a su descolonización. El ejército estaba buscando oficiales y suboficiales que estuvieran dispuestos a dirigirse al Sahara. Y Luis se ofreció voluntario.

Tenía Luis veinte años cuando conoció a Laha, y Laha tenía dieciocho cuando conoció a Luis.

Una vez en el Aaiún le propusieron incorporarse a la policía territorial. Cada día era más frecuente que los policías saharauis que componían parte de esa unidad se pasaran al Frente Polisario con el armamento y todo el equipamiento que se les había proporcionado, y cada día se hacía más recomendable que fueran españoles los que los sustituyeran. Un universitario les vendría bien. Quince días fueron suficientes para su instrucción, y, una vez transcurridos, fue destinado a Smara, una ciudad situada al este de El Aaiún, en pleno desierto.

Luis conoció a Laha en Smara el tres de septiembre de mil novecientos setenta y cinco.

Fue de vuelta al acuartelamiento, después de que su patrulla hubiera sido detenida durante tres días por el ejército marroquí al haber sido interceptada en territorio de su soberanía, cuando la vio caminando por una calle de Smara. Estaba cansado y maloliente después de haber sufrido aquellos tres días en un lugar insalubre en donde los marroquíes acostumbraban a retener a los militares españoles que apresaban en su territorio. Laha llevaba una melhfa azul y blanca; un pañuelo blanco cubría su cabello. Mostraba su rostro. Sus ojos eran oscuros y brillantes. Volvía Laha a su casa después de haber estado durante una hora en el zoco comprando provisiones para su familia. «Tenga usted cuidado, mi sargento –le dijo un soldado que iba en el vehículo junto a él– se dice que su hermano es uno de los dirigentes del Frente Polisario». Laha también miró a Luis, y sonrió.

Luis se las arregló para coincidir con ella. Estudió sus costumbres y las horas a las que solía pasarse por el mercado. Le preguntó cómo se llamaba, de dónde era. Le contestó que se llamaba Laha y que era saharaui, aunque había nacido en Tinduf. «Ah, lo sabía, eres la luciérnaga de Tinduf, hacía tiempo que andábamos buscándote». Y Laha rió. Y muchos días vinieron después que pasaron juntos, mirándose, hablando, y no se sabe cuántas cosas más. Laha y Luis habían contraído aquella enfermedad hereditaria denominada mal de amores. Habían elegido lugar y hora donde quedaban a diario, excepto los días que el servicio de Luis se lo impedía.

Laha y Luis se hicieron amantes.

El dieciséis de octubre de mil novecientos setenta y cinco, el rey de Marruecos Hassan II anunció su propósito de liberar el Sahara Español, proclamándolo marroquí. Unos días más tarde, la policia territorial de Smara fue informada desde El Aaiún que elementos marroquíes habían atravesado la frontera y que se habían hecho pasar por seguidores del Frente Polisario, con el propósito de alentar al pueblo saharaui para que se enfrentará al ejército español. Aquel día de noviembre un grupo de personas de difícil identificación, en el que probablemente se encontraban súbditos marroquíes y simpatizantes del Frente Polisario, armados con mosquetones y subfusiles, se habían ido concentrando y se dirigían al zoco. La policía territorial recibió la orden de interceptar y disolver al grupo.

Durante más de dos horas estuvo Laha esperando a Luis en el lugar acostumbrado. Pero Luis no llegó, estaba acuartelado, y justo en ese momento salía de patrulla junto a un teniente, dos cabos y diez soldados. El encuentro con los insurgentes fue justo frente a las ruinas de la mezquita, muy cerca del lugar donde se encontraba con Laha. Un disparo alcanzó al teniente y lo derribó. Un cabo se acercó a él y comprobó que la herida era mortal: «mi sargento, está usted al mando». Los manifestantes volcaban coches, les gritaban, les insultaban, les tiraban piedras; también les estaban disparando. Luis ordenó cuerpo a tierra y cargar las armas. Por tres veces consecutivas ordenó disparar al aire intentando amedrentar a aquella muchedumbre, pero dos soldados fueron alcanzados por disparos. Entonces pensó que había llegado el momento. Tenía que ordenar abrir fuego contra la multitud, y lo hizo. Y en aquel momento vio a Laha. Vio como caía ensangrentada. Corrió hacia ella mientras uno de los cabos le gritaba «mi sargento, no lo haga». Durante un buen rato la tuvo entre sus brazos presenciando como su respiración se silenciaba.

Laha había sido alcanzada por los disparos que Luis había ordenado disparar. Estaba muerta.

Arrastrando el cuerpo sin vida del teniente y realizando disparos esporádicos de intimidación, Luis y los doce miembros de la policía territorial saharaui que estaban a su mando llegaron al cuartel de las tropas nómadas donde les estaban esperando. El cuartel general dio orden de que todos los involucrados en la operación se dirigieran inmediatamente a El Aaiún. Desde allí en un Hércules destartalado fueron conducidos a Las Palmas, y desde Las Palmas a la base militar de Getafe. Interrogatorios, gritos, Insultos. Ahora todos se preguntaban cómo había sido posible que una misión de esa naturaleza hubiera quedado al mando de un sargento de complemento de veinte años.

Mientras tanto, tuvo lugar la marcha verde, se firmaban los acuerdos de Madrid y las tropas españolas abandonaban el Sahara Español sin haber disparado un solo tiro, decían. Los políticos franquistas habían decidido entregar la administración del territorio a Marruecos y a Mauritania antes de entrar en una guerra de imprevisibles consecuencias. El coronel encargado del caso decidió cerrarlo, al fin y al cabo «ese chaval había tenido más cojones que todos los políticos juntos, que habían entregado el Sahara Español a Marruecos de una forma vergonzante». Jamás Luis tuvo la impresión de haber sido protagonista de un acto valeroso. Durante todo el tiempo que duró el enfrentamiento había tenido la impresión de ser conducido por alguien que le tenía bajo su control. Hasta pasado un tiempo, no fue consciente de ninguna de sus decisiones, de ninguno de sus movimientos.

En las pupilas de Luis aún continúan grabadas todas las imágenes de aquel día. Los disparos, el desconcierto, el caos, todo fuera de control. Muchos años después, cuando escuchó a ilustres pensadores hablar de la guerra justa, no pudo por más que sentir una inmensa sensación de tristeza. Las guerras son siempre injustas, en ellas siempre se mata, siempre hay inocentes que mueren. Son aquellos seres humanos a los que él ordenó matar los que día a día se habían encargado de desgarrar su vida. Siempre habrá pensadores que hablarán sobre lo que es justo e injusto en las guerras, que tratarán de exigir a otros que en situaciones límite actúen con la justicia que solo produce el estruendo de una ráfaga de ametralladora, de una bala perdida que siempre termina impactando en un inocente.

Una y otra vez recordaba lo que pensó en el avión que le trasladaba desde El Aaiún a Las Palmas. Los labios de Laha, sus ojos, su sonrisa. Su templada voz acompañada de ese gracioso acento saharaui cuanto le preguntaba que quién era su luciérnaga. Y ella contestaba riéndose «no lo sé». Los hijos que pudieron tener y que nunca nacerían, la promesa de una vida mejor alejada del desierto, una promesa que nunca podría cumplir. Y qué fácil hubiera sido saltar del avión y terminar definitivamente con aquel infierno. Pero no hubiera sido ese castigo proporcional al daño causado. Necesitaba vivir día a día aquellos momentos, arrastrando todos aquellos recuerdos, sintiendo que su corazón era día a día devorado por ellos: un golpe duro y diario, una vergüenza duradera, un castigo doloroso, continuo e indefinido. Le dolía, y cuanto más le dolía más daño quería hacerse.

Luis buscó a Laha en cada una de las mujeres que conoció a lo largo de su vida. La echaba de menos. Aún hoy la sigue buscando.


En Madrid, a dieciocho de abril de dos mil trece.